Han pasado 13 años y aún siento vergüenza e indignación cada vez que paso por la calle Don Remondo, lugar en que unos pistoleros acabaron con la vida de un joven matrimonio sevillano cuyo pecado aún no alcanzo a entender.

Hay hechos y experiencias que marcan a las personas para toda la vida, de manera que con los años todos recordamos dónde estábamos o qué hacíamos cuando ese suceso tuvo lugar. El ataque contra las Torres Gemelas de Nueva York, campeones del Mundo de fútbol merced a un gol de Iniesta en una final agónica... y, para mí, el asesinato de Alberto Jiménez-Becerril y Ascensión García Ortiz.


El Partido Popular aprovechó el pasado fin de semana para celebrar en Sevilla una Convención Nacional que fue presentada como "una oferta de cambio y regeneración", y que a tenor de las declaraciones de sus adversarios políticos ha sido todo un éxito. No en vano, la capital hispalense ha servido de escenario de toda una demostración de fuerza del principal partido de la oposición en el Congreso de los Diputados cuatro meses antes de las elecciones municipales de mayo, a las que los populares llegan, de momento, con una ventaja histórica de más de 18 puntos.





Sirva este post para reflexionar acerca del anuncio realizado por los cobardes asesinos sangrientos y malnacidos del tiro en la nuca, y me quedo corto en la definición de estos canallas. Porque, por favor, no olvidemos ninguna de las características de estos animales que se dicen vascos, pero cuyas señas de identidad, más allá de proclamar con bombas y asesinatos un Estado autodeterminado y gestionado por ellos mismos, no son más que aquello de lo que se avergüenzan millones de personas, desde San Sebastián hasta Tomares. Sin distinción.